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MERCADO DE TRABAJO E INTEGRACIÓN LABORAL

Manuel Romero Colome, Licenciado en Derecho; Profesor de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en la Universitat de Barcelona

Por fortuna vivimos en una sociedad que ha consolidado con mucho esfuerzo y perseverancia una modelo de estado del bienestar, o más en términos británicos un estado protector, que siendo indudablemente mejorable, ha conseguido unos servicios francamente aceptables para el conjunto de los ciudadanos. Un país en que desde hace años, unos datos económicos y laborales buenos dejan paso a otros, en especial por lo que se refiere a tasa de ocupación y tasa de paro, mejores. Un país en el cual, ser político en ejercicio del poder y tener responsabilidades en el área laboral, ya sea a nivel nacional o de Catalunya, es ir viendo como los datos, con ciertas oscilaciones en ocasiones, permiten la satisfacción, aunque sea cierto que la capacidad de incidencia de los gestores laborales es mínima en la evolución de esos datos, ya que obedecen más a los datos macroeconómicos, y esos dependen del conjunto de los agentes económicos y sociales, y en el mejor de los caos de los políticos de áreas económicas.

Una sociedad esta que con una tasa de paro del entorno del 7%, se acerca cada vez más a lo que los clásicos denominaban el “ejercito de reserva” o la inexistencia real de paro.

Pero todos estos datos, con ser verdad no son toda la verdad. En Catalunya, y en España, subsiste no obstante una realidad sobre la cual hay que atacar mediante políticas conjuntas, me estoy refiriendo a la temporalidad de los trabajadores en sus puestos de trabajo, y a la dificultad de integración de determinados ciudadanos en los puestos de trabajo. Catalunya cerrará el actual ejercicio económico con una tasa de temporalidad entorno al 26 %, muy lejos de la media de la Unión Europea que se sitúa actualmente en el 14%, aunque ciertamente mejor que el conjunto del estado español donde raya el 34%.

La precariedad laboral conduce irremisiblemente a la falta de capacidad de arraigo, i de estabilidad social, pero padeciéndola en especial determinados colectivos, jóvenes, trabajadores poco cualificados, e inmigrantes.

La falta de capacidad de obtención de un puesto de trabajo no precario incide necesariamente en su falta de capacidad de integración en nuestra sociedad. En este sentido es oportuno no pretender confundir el debate, falta de arraigo laboral y falta de arraigo social convergen finalmente en un mismo punto. Es necesaria la realización a medio plazo de un gran pacto nacional para la estabilidad en el trabajo y para la integración de los trabajadores menos favorecidos.

Cualquier iniciativa política que conduzca a que los trabajadores venidos de otras latitudes encuentren acomodo en las costumbres y la forma de vida, sin renunciar a su historia su cultura y sus tradiciones, sólo puede ir en beneficio de ellos mismo. Esa es junto con el impulso a la integración de los trabajadores disminuidos físicos y sensoriales, que en estos momentos tienen una tasa de ocupación del 28% frente al 70% del resto de trabajadores, y una tasa de paro de 23’5% frente al 6’6% general. Algunos mecanismos normativos ya se han ido poniendo en funcionamiento en los últimos años, sin embargo tanto los colectivos afectados como los propios empresarios acusan a esas normativas de excesiva rigidez y en consecuencia de imposibilidad de cumplimiento.

Es necesario en la próxima legislatura un estudio en profundidad de la realidad existente y un gran pacto político que permita consensuar unas normas generales de actuación a largo plazo. Estos colectivos, y el interés general del país sin duda lo merecen.



 
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